El Vigía

¿Cómo hacer para prestigiar la política?

Rodrigo Tisnés – Escritor – Gestor Cultural

En los últimos días los rochenses hemos asistido a un debate, reclamo a veces, por parte de algunos actores políticos para «pretigiar» la política. El mismo surgió debido a unas diferencias en torno a la cantidad de personal, entre político y de otras categorías, que ha ingresado a la Intendencia de Rocha en los 90 días que llevamos de gobierno, a cuanto equivaldría la masa salarial total de esos nuevos funcionarios, y cuántos fueron los trabajadores que efecticamente quedaron en plantilla cuando el Frente Amplio dejó el gobierno departamental.

Lo primero que habría que hacer sería definir que se entiende por «prestigiar» la política. Algo que es pretigioso, en cualquier ámbito, es algo (o alguien) que tiene una «buena fama» según la definición del diccionario de la RAE, esto es, alguien que mayormente es percibido positivamente. Por poner dos ejemplos que se entiendan: Nelson Mandela y Gandhi serían dos políticos prestigiosos.

La política en general, y la política partidaria en particular, serían el contra-ejemplo de una actividad prestigiosa. Muy a menudo el grueso de la población asocia la política con hechos de corrupción, componendas, falsedad, amiguisimo, tráfico de influencias, promesas incumplidas, debates bizantinos, y discursos vacíos.

Gran parte de la culpa es de los propios políticos profesionales, quienes en muchas ocasiones han dado muestras de caer en estos comportamientos una y otra vez. Basta ver los casos recientes de «vacunatorios VIP» descubiertos en Argentina y Perú.

Pero como ciudadanos debemos (deberíamos) preguntarnos si la actividad política es un comportamiento estanco de la sociedad, que se comporta con reglas aparte y tan distintas que las del resto de la sociedad. ¿Acaso no existen hechos de corrupción, amiguismo y tráfico de influencias en el mundo empresarial, sindical, deportivo, o religioso? ¿Quienes somos cudadanos de a pie tenemos un comportamiento tan virtuoso y ejemplar?

Más allá de estas preguntas, un tanto retóricas, creo que un primer paso para «prestigiar» la política es evitar la tentación de generar discusiones y debates por redes sociales.

Las redes y herramientas de comunicación pueden ser maravillosas para establecer contactos, difundir ideas, estar en contacto con amigos y familiares; pero pese a esto, también suelen ser, muy a menudo, espacios donde se generan auténticas discusiones entre sordos, sustentados desde posiciones irreductibles, en los que importa más sostener la propia posición, en vez de generar un auténtico diálogo con quien piensa distinto.

En materia de opinión y debate político, las redes sociales funcionan cada vez más con la lógica de tribu, en vez de polis o asamblea. La política, que siempre ha sido la articulación necesaria entre las tensiones y diferencias sociales y políticas, con la negociación y construcción de consensos colectivos, dificilmente pueda prestigarse en modo alguno si se lleva la discusión al circo romano de las redes sociales.

El otro problema para «prestigiar» la política es que se hace desde posiciones absolutistas: si yo pido/reclamo prestigar la política, es porque el otro/los otros son quienes la desprestigian. El problema es ajeno, no mío. Yo soy el «puro» y la verdad está de mi lado.

Me refiero a cuando el debate se da sobre aspectos de la realidad que pueden ser materia de debate político: la orientación de la política económica, las obras realizadas, las previstas y su financiación, la política cultural, los impuestos, la relación con los trabajadores públicos, la búsqueda de inversiones, la descentralización, las formas de comunicación política, la seguridad y convivencia ciudadanas, etc.

Ni siquiera considero cuando el «debate» político se sumerge en el fango de las acusaciones y disputas personales. Eso no debería ser considerado ni debate ni política. Es politiquita con minúscula: las acusaciones o dudas sobre tal candidato o político, sobre su entorno familiar, amistades, sus consumos pasados o actuales, etc. Lo que se debe deabtir y discutir son ideas. Lo demás es chusmerío de telenovela, o de televisión basura.

Por eso no creo que sirva para prestigiar la política llevar el reclamo al terreno de las redes sociales, cuando muy habitualmente hemos visto que las redes sociales sirven para amplificar y distorsionar los mensajes que se pretende lanzar.

Lo que sí debe hacerse es comenzar por predicar con el ejemplo, aunque se paguen costos. Aun a riesgo de quedar como «tontos» y poco vivos.

Porque no deja de ser cierto que muchas veces, lo que prima en la competencia política, es el intento de ser más vivo, de ser más despierto que el otro, mi rival, de dejarlo pagando. En ridículo incluso.

Pero frente al efectismo del momento, del instante, los políticos (y los ciudadanos) deberíamos volver al viejo valor de la retórica como arte, del valor de los argumentos sólidos y bien construídos, no exentos de filigranas y florituras verbales, pero dónde pese más la solidez discursiva que los fuegos de artificio de la repentización.

Creo que por ahí iría la cosa.

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