El Vigía

El intenso placer de una novela salvaje.

20 de enero, 2022.

Ayer terminé de leer Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Se trata de una de las dos novelas más conocidas de este escritor chileno, autor convertido de culto desde su temprana muerte en 2003, junto a la póstuma 2666.

Hacía tiempo tenía ganas de entrarle a Bolaño… a la literatura de Bolaño, y ni bien vi éste ejemplar en la Tadi, unos meses atrás, no dudé en comprarlo, pensando en convertirlo en mi lectura veraniega, convencido que me llevaría unos 14 o 20 días de lectura sostenida, pero relajada. No en vano es un novela de más de 700 páginas.

La leí en 9.

Si bien esperaba encontrarme con una novela atrapante, bien escrita, con acción combinada con pasajes de intensa literatura, todo lo que supuse e imaginé quedó corto.

Porque con lo que me encontré fue con un temporal literario completamente desatado, de esos textos que te llevan (prácticamente te obligan) a seguir un capítulo más, una página más, un párrafo más, para saber cómo avanza la historia y el devenir de sus personajes.

Desde Cien años de soledad y Rayuela no me pasaba que una novela me atrapara así, haciéndome avanzar a marchas forzadas sobre párrafos y más párrafos, en tardes de calor sofocante y noches en que los ojos me pedían piedad. Y subrayar frases porque merecen, necesitan, ser recordadas

Voy a ser claro: la escritura de Bolaño no se parece en nada al tropicalidad desbordada de García Márquez. Tiene, sí, algo de la experimentación formal y los juegos literarios y meta-literarios de Cortázar, pero también tiene cosas que por momentos me hicieron recordar a Pedro Páramo, sobre todo en la  parte del desierto de Sonora y la infinidad de pueblos polvorientos, decadentes y más muertos que vivos, que recorren los personajes. Pero también en la parte del DF hay rumores que recuerdan a Rulfo.

La novela está estructurada en tres partes. La primera, es el diario personal que lleva un poeta adolescente, Juan García Madero, desde principios de noviembre hasta el 31 de diciembre de 1975, y su vinculación en ese tiempo con un grupo de poetas autodenominados ‘’real visceralistas’’ liderados por dos aspirantes a poetas: el mexicano Ulises Lima y el chileno Arturo Belano (alter ego del propio Bolaño) Estos real visceralistas, se consideran un movimiento que vino a revolucionar la poesía mexicana, odian al ‘’statu quo’’ representado especialmente por Octavio Paz, pero más que escribir presentan una actitud vital ante la vida.

La segunda parte, y la más extensa de la novela, está conformada por una serie de testimonios de diversos personajes sobre su relación con Belano y Lima, en diferentes lugares y tiempos, desde 1976 hasta 1996, y la desaparición del movimiento real visceralista.

La tercera parte, retoma el diario de García Madero, del 1 de enero de 1976 a mediados de febrero, mientras vagabundean junto a Belano, Lima y Lupe, una joven prostituta, mientras intentan escapar del proxeneta de la joven (y el policía corrupto que lo acompaña) al mismo tiempo que buscan dar con el paradero de Cesárea Tinajero, una oscura poeta de los años 20’, que se autodenominaba real visceralista, quien lleva décadas desaparecida en algún punto de Sonora.

La novela, en sí, es un inmenso homenaje de Bolaño al movimiento de los ‘’infradecadentes’’, un movimiento poético del cual participó el chileno en sus años de vida en México, antes de mudarse a Barcelona en 1977.

Y la recomiendo enfáticamente. Por lo bien urdida que está la historia y por el amor, casi obsesivo, que demuestra con la literatura, especialmente con la poesía. Y por la colosal historia que Bolaño montó, a partir de un movimiento poético absolutamente intrascendente, y algunos de sus personajes.

Por: Rodrigo Tisnes. Gestor Cultural , Escritor

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