El Vigía

El lenguaje, inclusive

Hace mucho tiempo tenía ganas de reflexionar acerca de un tema que genera bastante polémica, como es el del lenguaje inclusivo. Hoy precisamente me pareció una buena oportunidad por el corrimiento del feriado del 18 de mayo, y por coincidir con el Día Internacional de Lucha contra la Homofobia, Bifobia y Transfobia.

Si algo tiene de positivo el lenguaje inclusivo es que parece no dejar a nadie (o casi nadie) indiferente. Así como hay quienes han adoptado el uso general y extendido de la ‘’e’’ como forma neutra y no binaria para referirse a los géneros, están a quienes les rechina bastante esto que consideran una deformación, incluso una ‘’aberración’’ del lenguaje.

Si el debate se diera en base a argumentos racionales podría ser positivo. El problema, como en tantos otros temas en nuestras democracias 5.0, es que el debate se da como un enfrentamiento entre hinchadas de fútbol, con posiciones irreductibles, que parecen estar más interesadas en deslegitimar o ridiculizar la opinión contraria, que en comprender argumentos.

Dicho esto, debo reconocer que habitualmente me resulta mucho más chocante, más incomprensible, la resistencia al uso del lenguaje inclusivo. Que personas que nunca en su vida se preocuparon ni por la gramática ni la semántica de la lengua española, se puedan sentir ofendidas o tengan tanto celo respecto al uso cuando alguien usa una ‘’e’’ en vez de una ‘’o’’ me parece absurdo. Tragicómico incluso.

Otro aspecto positivo que tiene el lenguaje inclusivo, es la cantidad de puristas del uso de la lengua española que genera. Nunca antes la Real Academia había sido tan citada para defender una posición.

Ahora bien, supongo que siendo tan puristas, esas personas nunca habrán ido a comprar ‘’championes’’ en su vida, ni se habrán referido a los ‘’pichis’’ ni el ‘’pichaje’’, o a los ‘’ñerys’’. Y menos que menos habrán usado el término ‘’feminazi’’.

Y oponer el uso del lenguaje inclusivo frente a la lengua de señas para personas sordas o el alfabeto Braille, directamente me parece un argumento reaccionario. En todo caso, diría que si el uso del lenguaje inclusivo genera tanto interés y preocupación por la difusión del lenguaje de señas y el Braille, algo bueno ya está teniendo: ayuda a visibilizar otros lenguajes inclusivos.

Pero esto no quiere decir que me encante el lenguaje inclusivo. De hecho, las pocas veces que lo uso, lo hago más para tomarle el pelo a algún amigo o conocido conservador; y para escribir directamente no lo uso. Prescindo del ‘’todes’’.

Voy a realizar una precisión: la igualdad de género es una lucha y un campo de disputa en muchos ámbitos, desde la representación política hasta el reparto de tareas en el hogar. El lenguaje es, también, uno de esos ámbitos, porque el lenguaje es una construcción cultural y como tal, también está repleto de poder. Por algo en el libro del Génesis se nos presenta a Dios creando al mundo (incluyéndonos a nosotros) mediante la acción de la palabra, o sea, del lenguaje.

La palabra de Dios es creadora. La palabra del rey tenía fuerza de ley y decidía sobre la vida y la muerte de las personas. El Estado de Derecho y la democracia moderna tienen su piedra fundamental en las leyes escritas, que eliminan la arbitrariedad de la oralidad. La Iglesia Católica y dictaduras de todo espectro ideológico han prohibido, censurado y quemado libros. En el gobierno de Pacheco Areco, un decreto de julio de 1969 prohibía la divulgación de toda noticia o información que hiciera referencia a la guerrilla, prohibiendo el uso de ciertas palabras.

Entonces, si bien entiendo la lógica y donde nace su uso, el lenguaje inclusivo me parece demasiado forzado y artificial. Me suena a una especie de mezcla disonante entre castellano y catalán (con perdón de los catalanes) con el agregado de esa ‘’e’’ final. Como un cóctel en el que se mezclan sabores que no combinan.

Yo hubiese elegido la ‘’u’’. Por su forma y su sonido me parece una vocal más abierta, más dulce que la cerrada ‘’e’’. Y la sonoridad que da se asemeja más al rumano, esa lengua latina periférica, misteriosa, y olvidada, que recuerda a castillos y vampiros condenados. O sea, sería aun más inclusiva que con la ‘’e’’.

De todas formas, aclaro que me encantaría viajar a Barcelona. Sigo pensando en viajar en diciembre de este año, y con gusto aprendería algo de catalán, que por sí sólo me parece un idioma sonoro y atractivo.

Para ir cerrando esta columna, frente al uso del todos o del todes, yo diría que cada quien use la forma que prefiera, sin sentirse molestas o agraviadas. El tiempo dirá si el lenguaje inclusivo es un cambio cultural que ha llegado para quedarse, o una suerte de moda, de rebeldía idiomática que quedará como anécdota para contarles a futuras generaciones.

Por mi parte voy a seguir usando el todas, porque en definitiva, todas somos personas. No se me ocurre nada más inclusive que eso.

Por: Rodrigo Tisnes, Gestor Cultural, Escritor

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