El Vigía

El “pase verde” para espectáculos públicos es una iniciativa “pésima” e “indefendible” Martín Buscaglia.

El músico volvió a los escenarios este sábado, junto con sus Bochamakers (Matías Rada, Nacho Mateu y Martín Ibarburu), en Sala del Museo, donde se despachará con canciones de ayer, de hoy –incluidas las de su último disco, Basta de música, de 2020– y de mañana. Martín acaba de terminar de ensayar, y en el cuarto del fondo de su casa, merodeado por muchos teclados, se sirve un té con una de esas teteras inglesas estilo Willow que le regaló su madre, y se dispone a conversar con la diaria.

En “La comedia”, la canción que cierra tu último disco, cantás: “ayer estuvo bien, / estaba casi lleno, / cobramos poco igual”. El otro día, en tu cuenta de Instagram, dijiste que en el toque de hoy van a poner 100% de esfuerzo pero van cobrar sólo 30% por la limitación del aforo debido a los protocolos de la pandemia. Imagino que es algo que te anda picoteando en la cabeza.

Tendría que picotearnos a todos. Lo que pasa es que es más fácil elegir un bando y pensar que ese es el único, pero muchas veces te pasan las dos cosas al mismo tiempo. Como ahora, que estamos por tocar, y obvio que estoy emocionado. Eso es real; de hecho, tocar en vivo te hace mejor músico. Hay un aprendizaje que está solo ahí, no en tu casa, ni en la compu ni en un librito. Pero eso no quita que… Por ejemplo, ahora [el aforo] lo subieron de 30% a 45%, parece joda. Entonces, vamos a tocar luego de estar un año y medio con la prohibición, vamos a hacer el mismo laburo que siempre, pero por menos de la mitad de lo que ganábamos antes. Y eso se ramifica, es una cosa perversa y arborescente. Porque no tocar desde hace tanto genera, en nosotros y en el público, algo más vigoroso aún; pero al mismo tiempo, tiene como un engañapichanga de colgar el cartel de “agotado”, que es muy habitual ahora y produce dopamina, pero se llena con menos de la mitad de la gente que te iría a ver en un concierto real.

Las otras opciones que tenés son tocar la mitad de tiempo o cobrar el doble.

Lo último lo comentan algunos, pero para contestar eso sólo se me ocurren emojis, nada más. Sí, cobrar el triple la entrada… Me río por no llorar. Y la canción, combinando el ahora con el pasado: creo fervientemente que toda obra que esté potente de verdad es como un horóscopo: siempre te habla a vos. Un artista que te copa saca un disco, lo escuchás y decís: “Pah, está hablando de lo que me pasa a mí”, y capaz que el loco escribió el tema por un divague en la otra punta. O, si abrís cualquier libro al azar, son todos el I Ching. Se lo escuché decir a muchos músicos que han sacado temas prepandemia, que tenían un cariz premonitorio, y me parece lógico.

Bueno, el título de tu último disco, Basta de música, es muy premonitorio.

Sí, tendría que haberle puesto “5 de Oro”. Es un oxímoron, porque hay un montón de música en el disco, pero al mismo tiempo descarnada, como una premisa que me autoimpuse en los arreglos: si sentía que el tema no estaba terminado, pensaba qué le sobraba, más que qué le faltaba. Porque la mayoría de los álbumes que más me gustan son así, pero mis discos anteriores no eran tan así. Hace poco escuché Temporada de conejos [2010], con un amigo, y me agotó y me sorprendió. No tengo idea de cómo volver a hacer eso: los arreglos, las pistas y esos sonidos.

¿Alguna vez te pesó ser “hijo de”?

Todo el mundo es “hijo de”; de hecho, ahora van a poner El Día del Hijo. Hay muchos músicos conocidos que son “hijos de”. Francisco Fattoruso es hijo de Hugo Fattoruso, pero Hugo es hijo del que armó el Trío Fattoruso. Vos te quedás con uno que fue el más llamativo y el que tuvo más visibilidad, pero a veces no es sólo para adelante, que el hijo sigue su camino: el papá de Mozart ya se tocaba todo. Hay algunas profesiones y oficios que tienen una aureola de fantasía que da más curiosidad: el deportista, el político y el artista.

Sí, con el hijo del carpintero no pasa lo mismo.

No pasa nada, y hay montones de generaciones de carpinteros, médicos, de todo. Entonces, como siempre viví con eso, lo vi al revés. Más de grande lo vi como continuar la tradición, un legado, y me gusta; es como el aikido: utilizás la fuerza del otro a tu favor. Aparte, como mis viejos [Horacio Buscaglia y Nancy Guguich] estaban muy en auge en la época de Canciones para no dormir la siesta, yo ya lo viví de niño con un grupo que mis amigos escuchaban. Igual, mis viejos no son tan músicos, porque mi padre dirigía teatro y mi madre siempre estuvo con la expresión corporal. No es que hago exactamente lo mismo, por suerte; creo que eso sería más difícil y comparable.

Por tu casa, cuando eras niño, lo más normal era que estuviera lleno de músicos.

Era recontra normal. Por eso me cuesta verlo como algo sobrenatural. Urbano [Moraes], Walter Venencio y Mateo –que es el caso paradigmático– eran como tíos que estaban en casa. Y, aunque no suene bien, por la manera en que se comportaban con lo artístico, con el laburo de creación, yo sentía que ya era uno más ahí. Para mí yo ya era artista, aunque sabía tocar el piano con un dedo, no era que podía grabar un disco. Pero no fue como muchísimos amigos, que tuvieron una revelación, onda fui a ver a Charly García y dije “quiero tocar el teclado“. No, siempre supe que era eso.

Me quedé con lo que hablamos al principio, que por el toque de hoy vas a cobrar la mitad, y lo relaciono con lo que viviste en mayo cuando la Intendencia de Montevideo no te dejó pasar música en un bar porque entendía que era un “espectáculo público”. ¿Sentís que ambas cosas son parte de lo mismo, aunque sean disposiciones de gobiernos de partidos distintos?

Sí, totalmente. Atraviesa partidos políticos y países. Esa es la novedad que trajo todo el manejo tétrico, en la mayoría de los casos, a mi entender; el modo en que se destrató a la cultura y a todo lo que es vida. ¿No era que el miedo no era la forma? No puedo dejar de ver que muchas cosas fueron lo menos empáticas y cristianas que se puede creer. ¿No era que hay que venerar a tus mayores y que los niños son el futuro? Bueno, los mayores, que mueran solos, despidiéndose de todo lo que generaron en su vida a través de una pantalla. Y a los jóvenes, estigmatizalos, encerralos, damnificalos, suicidalos y arruiná a una generación. Creo que en esas cosas la historia no nos absolverá. Y en el arte está la ola nueva que se viene, del “pase verde” y toda esa movida, que también es pésima. Tiene eso perverso de que es indefendible, pero soy pesimista al respecto.

¿Por qué?

Es indefendible porque es segregacionista. Si vos no hacés obligatorio algo, es como un chantaje, y ese es el modus operandi del hampa. Esto excede Uruguay, porque ya está pasando en otros lugares. Es como que yo dijera “vos hacé lo quieras, si querés, vacunate; ahora, si no te vacunás, no vas a poder ir a esta obra de teatro”. Pero es sólo con el arte, aparentemente: eso no pasa en ningún otro ámbito, ni en el shopping ni en el boliche. Es como que te diga: “Vos podés creer en cualquier Dios, hay libertad de culto, ahora, para ver este espectáculo, sólo si sos musulmán”. Entonces, a la larga, vas a terminar orando a La Meca. Y a menos que seas Eric Clapton, que dice que no toca si la única opción es esa, para quienes vivimos de tocar esa postura es medio fantasmagórica. Además, como de verdad creo que te volvés mejor músico si tocás en vivo, es como que te estás cancelando a vos mismo.

Más allá de todo esto, ¿sacaste algo positivo de la pandemia, le buscaste la vuelta, acá encerrado con tus chiches musicales?

Siempre tuve la tendencia a pensar que la obra habla por sí misma y que lo más claro y lo más político es ella. Pero este tiempo me sacó otro lado, que cuando te toca enarbolar algo tenés que hacerte cargo. El enojo por la situación estuvo presente, excediendo a lo cultural, pero relacionado con eso. Y después yo tengo mil ramificaciones. Tengo un podcast que hago desde hace años y lo volví a hacer, ahora con más frecuencia. Produzco a músicos y tengo un montón de cosas en el tintero. Siempre tengo la fantasía menonita de llegar a un momento en el que no tenga más nada que hacer y quedar en tránsito. Lo que más extraño de viajar no es ir a otro país, ni que me aplaudan ni ganar ese dinero, sino estar en tránsito ahí, y decir “pah, qué bueno, no soy nada por un ratito”.

Fuente: La Diaria, Ignacio Martínez 

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