El Vigía

La pandemia no favorece a nadie, salvo a los conspiranoicos.

Por: Mauro Mego

La pandemia ha desatado todo tipo de elucubraciones respecto al origen y destino de la misma. Al coro delirante de negacionistas, antivacunas y naturistas excéntricos (que ya han dejado de ser graciosos para ser un verdadero escollo para la racionalidad) se ha sumado una voz bastante extendida que pone énfasis en la pandemia como una “plandemia” y qué detrás de este virus habrían intenciones económicas de las potencias centrales así como objetivos de “dominación mundial”.

Los seres humanos solemos buscar explicaciones que nos tranquilicen y que nos hagan olvidar que seguimos siendo una especie animal más, expuesta a la circulación de virus. Nuestro estadio civilizatorio se presenta como algo completo, donde ya no habría lugar para las otrora acuciantes epidemias que asolaron distintas zonas del planeta a lo largo de miles de años. La mayoría de estos virus y enfermedades se desparramaron por el planeta a partir del contacto humano, contacto que en el siglo XXI es más fluido que nunca, lo que explica su rápida propagación. La mayoría de nuestras ya conocidas, y en muchos casos superadas, enfermedades infecciosas provienen de la especial relación que se estableció hace más de diez mil años  en dónde la domesticación animal trajo consigo ese tráfico de virus y gérmenes. Este virus no es la excepción, es sólo un capítulo más, pero con la diferencia que el estado actual de conocimientos científicos acumulados permite lograr soluciones de manera más rápida que hace cien años atrás.

Pero desde el punto de vista económico, esta pandemia no favorece a nadie, todo lo contrario. Por eso la premura por lograr las vacunas: es preciso resolver este tema pronto para que el mundo siga produciendo. Es cierto que en el sistema capitalista siempre hay quienes se favorecen incluso en las peores situaciones, basta recordar los negocios enormes en torno a la venta de armamento para países en guerra y otros tantos ejemplos. Pero en este caso la situación es diferente.

Los países más importantes del mundo han abandonado el fanatismo que aún sostiene nuestro gobierno nacional de mantener las cuentas a cómo de lugar y han desembolsado millones de dólares en sus países a través de diversas transferencia o renuncias fiscales, en algunos casos más, en otros menos. Países con gobiernos de centro-derecha, de izquierda, de centro-izquierda han tomado todos decisiones similares. ¿Y por qué lo hacen? ¿Por bondad? ¿Las cuarentenas y los confinamientos son simplemente por deseo de los gobiernos? ¿No habrán sacado cuentas de que tal vez gastarán más cuándo los CTI’s colapsen?. Quiénes creen que esta pandemia beneficia a esos grandes poderes eluden por lo menos dos cuestiones: las cifras y datos y el funcionamiento del sistema capitalista global.

En cuánto a cifras las cosas son bien evidentes. La economía mundial se desplomó. A mediados del año 2020 el Banco Mundial estimaba que la economía caería un 5,2 %, siendo “la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial, y la primera vez desde 1870 en que tantas economías experimentarían una disminución del producto per cápita”. Las economías más avanzadas se calcula que cayeron un 7% aproximadamente el año pasado. Dónde uno busque encontrará escenarios similares con economías en recesión, cuando no en crisis agudas, de acuerdo a la zona del mundo a la que observe. Miles de negocios de diferente escala en el mundo han caído en bancarrota o han tenido que reconvertirse.

Por otra parte para el sistema económico mundial la pandemia es el opuesto a su beneficio. Nuestro sistema económico descansa sobre el libre intercambio de bienes y servicios y para ello es esencial tener consumidores sanos y activos, así como liberadas todas las fuerzas productivas. El sistema nos precisa sanos  y con recursos para sostener la productividad mundial, nos necesita moviéndonos, fuera de nuestras casas, consumiendo una y otra vez las cosas que el mismo sistema nos ofrece. Ese ritmo constante de crecimiento del consumo y la producción a la par es lo que mantiene en vigor a muchas fuerzas de la economía mundial. Es cierto que muchos laboratorios han visto la oportunidad de hacer sus negocios, pero no lo han hecho solos, en muchos casos Agencias Estatales han co-financiado vacunas e investigaciones demostrando cuán importante es resolver esta situación. Además, la propia dinámica del mercado científico demostró que no iba a haber una sola vacuna, una sola patente, hay varias y de las más diversas.

Los Estados han desembolsado enormes cantidades de dinero que no desembolsarían si no fuera porque la pandemia les ha dañado. Lejos de beneficiar los negocios mundiales, la evidencia marca que los ha complicado enormemente, no permite el funcionamiento aceitado que requiere el sistema

Solamente con un poco de sentido común podremos alejarnos de estas nocivas visiones conspiranoicas y trasnochadas que resultan graciosas hasta que empiezan a ser tomadas por serias por mucha gente. Sería menor si no fuera porque, junto con quienes afirman que la COVID es una “gripecita”, estas visiones hacen mucho daño.

En Uruguay, la evidencia es visible. Más pobres, menos empleo, cierre de negocios y más. Hay que sumar que el Gobierno ha decidido continuar con su ajuste fiscal, tras la obsesión de reducir el déficit y ha tomado la decisión política de no tomar medidas que le impliquen algún esfuerzo fiscal, a contrapelo del mundo y para desgracia de las grandes mayorías. Pero eso merece otro análisis

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