El Vigía

Lo que sabían los griegos

Hoy es 20 de mayo. Como todos los 20 de mayo desde 1996 se va a llevar adelante la Marcha del Silencio, que será virtual por segundo año consecutivo debido a los rigores, limitaciones y precauciones que nos impone la pandemia de COVID-19.

No importa. Física o virtual, la marcha del 20M es una de las más grandes manifestaciones populares que existen en el país. Su convocatoria desafía tormentas, noches de fríos intensos, y virus letales; porque miles de personas están (estamos) convencidas que hay una peste  mucho peor: la de la indiferencia.

La condición humana ha sido definida en base a varias características: inteligencia, humor, violencia, ambición, imaginación, capacidad creativa. Pero creo que una de las características fundamentales que nos distinguen del resto de las especies es nuestra comprensión de la muerte, y la necesidad de homenajear a nuestros difuntos. O sea, de simbolizarla de algún modo. De hecho, la palabra “animal” se refiere a los seres vivos que respiran y comen, pero no tienen alma, condición que sólo tendríamos los seres humanos, porque somos los únicos animales (supuestamente) conscientes de nuestra mortalidad.

Los antiguos griegos, una de las piedras fundamentales de nuestra civilización, tenían muy claro todo esto. Varias de sus tragedias más conocidas tocan este tema: en “Áyax”, el protagonista, después de enloquecer y aniquilar a una majada de ovejas que confundió con el resto de los héroes griegos, decide suicidarse y algunos de quienes hubiesen sido sus víctimas se niegan a permitir que se lo sepulte. Sólo la intermediación de Ulises logrará que se cumpla lo debido.

Probablemente “Antígona” sea el caso más conocido. En la obra, los hermanos de Antígona se han matado mutuamente, uno defendiendo la ciudad y el otro atacándola. Creonte, el nuevo rey, decide sepultar al primer hermano y dejar el cadáver del otro para que sea devorado por los perros. Frente a esta orden con fuerza de ley, Antígona toma la decisión de cumplir la ley divina, o natural, y sepultar a su otro hermano. Así desafiado, Creonte decide castigarla encerrándola. Esto desata la tragedia: Antígona toma su vida, lo cual lleva a que el prometido de Antígona (que a su vez era hijo de Creonte) a matarse también, y tras él, lo hace su madre. De esta forma, el rey paga con creces su desafío a mandatos superiores a su poder temporal.

Pero tal vez sea en La Ilíada donde tengamos el ejemplo más claro, representado en lo que sucede con el cadáver de Héctor, el héroe troyano, en quien se concentran los episodios finales, más allá de la desmesura de la figura de Aquiles.

Aquiles es un uber-semidios. Sus hazañas, su furia, su destreza marcial, su velocidad, resultan incomparables. Su sola presencia basta para asolar y asediar ciudades.

A este superhombre del mundo antiguo, que encima es invulnerable (salvo en su talón) lleno de ardor y de rabia, se enfrenta Héctor, que es un hombre común. Es amado por los dioses, especialmente por Zeus, porque es un hombre sencillo y justo, que venera a los dioses, a sus padres, ama a su mujer y a su bebé, y se preocupa por su pueblo.

Pero en una guerra esos valores tienen poco peso y Aquiles mata a Héctor, vengando así la muerte de su amigo Patroclo, a quien el propio Héctor había matado antes en plena batalla.

No satisfecho con eso, el rencoroso Aquiles ata los pies del héroe caído a su carro, y se lo lleva al campamento, dejándolo tirado afuera de su carpa y prohibiendo que sea enterrado. Él quiere que los restos de Héctor se pudran y sea alimento de perros, aves carroñeras y gusanos.

Mientras tanto en Troya no encuentran consuelo. Perdieron a su mayor héroe, a su más grande defensor, a su espada más afilada y su escudo más resistente. A su mejor hijo. Pero el mayor dolor es que no tienen su cuerpo para rendirle los homenajes debidos, para llorarlo, para despedirse, para decirle las últimas palabras antes de que sea ceniza en el viento.

Hasta que una noche, su padre decide que frente a tanto dolor no tiene ya nada que perder y logra escabullirse en el campamento griego hasta llegar a la tienda del implacable Aquiles. El rey, reducido a su condición de padre doliente, no tiene ninguna vergüenza en arrodillarse  a los pies del matador de su hijo, y llorando pedirle que por favor le devuelva el cuerpo de Héctor.

Entonces, sucede lo increíble: Aquiles, el iracundo, el feroz, el terrible, la perfecta máquina de matar, se quiebra ante el dolor del anciano y le devuelve los restos de su hijo para que lo puedan velar, para que lo lloren y lo quemen…

O tal vez no sea tan sorprendente.

Porque por algo la antigua Grecia fue la cuna de Occidente, entre dioses, mitos y filósofos. Y ellos, mucho antes que surgiera el cristianismo, sabían que los vivos tenemos el deber y la necesidad de honrar a nuestros muertos, de recordarlos, de acercarles una flor, de llorarlos frente a su ataúd o su pira o su lápida. De enaltecer al ser querido que despedimos.

Negar ese derecho es una negación de la humanidad. De valores que tenemos impregnados desde el amanecer de lo que somos como especie. Es un acto propio de roñosos, de almas podridas, de seres abyectos.

Cuando esa negación se hace, además, con la intención de evitar ser investigados para evadir a la Justicia, desapareciendo los cuerpos de personas detenidas y torturadas, indefensas, es todavía peor. Resulta repelente, la mayor expresión de una miseria fétida, perpretada por cobardes disfrazados de servidores de la patria.

Todo esto lo sabían perfectamente bien los griegos hace 3000 años.

Por: Rodrigo Tisnes Gestor Cultural, Escritor

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