El Vigía

Mediterráneo, 50 años de una canción entre la playa y el cielo.

Comienzo a escribir esta columna con muchas más dudas que certezas. Es que no soy ningún experto en música: no tengo formación musical, cuando canto desafino hasta el Arroró, y sacarle una nota a un instrumento me resulta tan imposible como para un mono entender la física cuántica.

De hecho, siempre que puedo aclaro que me volqué a la escritura, porque es la única disciplina artística que -más o menos- puedo realizar con cierta destreza.

Por eso le tengo mucha envidia a las personas que tienen talento para otras disciplinas artísticas, y las pueden ejecutar con habilidad, maestría incluso. Me pasa especialmente con la música.

Es que la música, ya sea ejecutar una melodía con un instrumento o deleitar con la voz, tiene algo especial, que no tienen las demás artes. Es algo que produce el sonido, o la conjunción de sonidos y voz, una propiedad casi mágica de alterar o reforzar nuestro estado de ánimo: de alegrarnos cuando escuchamos algo alegre, de conmovernos cuando la melodía es triste, de asustarnos con tonos graves, de enamorarnos o soñar con música romántica… En fin, no hay experiencia vital ni rincón del espectro emocional de las personas que la música no sea capaz de cubrir.

Pocos días atrás se cumplieron 50 años del lanzamiento de un disco que, por su calidad artística, por la repercusión que tuvo en el momento de su presentación, pero sobre todo por la vigencia que medio siglo después sigue teniendo, puede calificarse de obra maestra, o clásico.

Me refiero a “Mediterráneo”, el octavo disco del cantante y compositor catalán Joan Manuel Serrat, quien a sus 28 años de edad gozaba de cierto prestigio y reconocimiento, pero con este disco, y sobre todo con su canción principal, del mismo nombre que el disco, alcanzó otra dimensión como artista y figura de la cultura española e iberoamericana.

Si el “Boom” fue la invasión de las letras y la cultura latinoamericana en España, y de ahí al mundo, Serrat fue la respuesta musical al “boom”, convirtiendo al joven catalán en el trovador por excelencia en lengua española. Una figura que podría equipararse a la de Dylan en lengua inglesa.

Es el disco de la madurez creativa de un artista que terminó de alumbrarlo en un retiro autoimpuesto en la costa catalana, a orillas del mar que lo inspiró con tanta potencia para escribir canciones tan memorables como la tierna “Aquellas pequeñas cosas”, la deliciosa “La mujer que yo quiero”, la nostálgica “Barquito de papel” y la triste “Lucía”.

Pero lo que convierte al álbum en el hito que es, lo que le da su potencia definitiva, es la sublime totalidad de la canción que le da el título al disco: “Mediterráneo”. Con una musicalidad que parece olas de mar, alternando entre la alegría y la tristeza, la furia y la calma, el cantante catalán nos va detallando lo que le genera ese mar, con pinceladas inspiradas en sus recuerdos y sensaciones, pero también en la historia y el entorno que rodea a ese mar que fue cuna de nuestra civilización, y de algunas otras.

Tal vez la genialidad de la obra es la fusión entre la experiencia individual y lo universal. En sus primeros dos versos “Quizás porque mi niñez/sigue jugando en tu playa” claramente refiere a la infancia de Serrat, pero también remite al origen ancestral de nuestra especie, a lo que somos en lo más hondo de nuestro ser: animales que descendemos de otras especies, que primero vivieron en el mar. No sólo eso, nuestros mitos de la Creación, al menos la mayoría, refieren a un nexo, un vínculo indisoluble entre la Humanidad y el mar. Serrat toma ese imaginario universal y lo hace propio, y quienes lo escuchamos lo hacemos nuestro.

La segunda estrofa resume en breves trazos la convulsionada historia que se ha desarrollado en las costas del Mediterráneo a lo largo de milenios: terremotos y erupciones volcánicas lo acompañan desde tiempos inmemoriales; y por si ello no fuera poco, luego los Hombres lo hemos teñido con sangre en incontables guerras, se han sitiado y destruido ciudades, ha sido contaminado y sobre explotado sus recursos pesqueros, se ha dejado abandonados a su suerte a miles de parias que anhelaban con cruzar de una costa a otra porque soñaban con tener una mejor vida… ¿Le falta vivir alguna desventura a este mar?

Toda la canción es un viaje (seguramente en barca de pescador) por el Mediterráneo, pero también por los recuerdos y deseos de Serrat, por la Historia del mar y sus poblaciones, y de alguna forma, también nos lleva a navegar a quienes no nacimos ni remotamente cerca del Mediterráneo por otras playas de nuestra infancia, a recordar con una mezcla de ternura y nostalgia aquel primer amor que tuvimos, y sobre todo a ese lugar en el mundo en el que quisiéramos ser uno con el paisaje y ser enterrados sin duelo.

Por: Rodrigo Tisnes Gestor Cultural , Escritor

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