El Vigía

Onetti, ese genial segundón.

El pasado 1º de julio se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Juan Carlos Onetti, el mejor novelista nacido en ambas márgenes del Plata. Al menos hasta que se demuestre lo contrario, o alguien demuestre con pruebas sólidamente argumentadas que ésta es una afirmación desmesurada.

Nacido en Montevideo en 1909, de estar vivo habría cumplido unos tortuguezcos 112 años. Pero falleció en 1994, poco más de un mes antes de cumplir los 85, más precisamente el 30 de mayo, lo cual ya es un logro notable, teniendo en cuenta el tipo de vida que llevó. Desprolijo, era bebedor y fumador empedernido, y –como se sabe- pasó los últimos 12 años de su vida prácticamente postrado en la cama dedicado a sus 3 grandes pasiones: leer, escribir y beber.

Decía que el 1º de julio habría cumplido años, sin embargo su aniversario pasó bastante desapercibido, salvo por una actividad de la Biblioteca Nacional, que recuperó una edición de El Pozo, su primera novela.

Personalmente creo que es injusto que la fecha de su nacimiento haya pasado sin mayor destaque. Si dependiera de mí, decretaría cada 1º de julio como feriado no laborable. Podríamos, siguiendo el ejemplo de los irlandeses con Joyce, crear una suerte de ‘’Día de Onetti’’ o ‘’Día de la Fundación de Santa María’’ en que todos deberíamos quedarnos acostados, o más que acostados, tumbados en la cama.

Sin lugar a dudas sería llamativo. No dudo que a Onetti le gustaría ese giro en que la ficción se torna un poco realidad y la realidad se mimetiza un poco con la ficción.

Pero tampoco tengo la menor duda que odiaría ser el centro de atención. Se sabe, por numerosos testimonios de allegados, que era un hombre huraño, tímido y retraído. Prácticamente un misántropo, aunque tal vez él se hubiese definido como un escéptico.

Mi primer acercamiento a su literatura fue en la adolescencia, cuando en clase de Literatura estudiamos ‘’Bienvenido Bob’’, hasta el día de hoy uno de los mejores cuentos que he leído. Una historia redondita, con una cadencia casi musical y un humor corrosivo, en la que el anónimo narrador alterna entre presente y pasado, logrando la mejor y más sutil venganza posible.

Luego de ese primer acercamiento, me alejé muchos años, hasta que en algún momento del año 2009, leí ‘’Jacob y el otro’’, a caballo del estreno de ‘’Mal día para pescar’’, película basada en ese cuento largo. Así ratifiqué mi impresión de Onetti como un gran cuentista.

Pero fue en mi estancia en Buenos Aires que me volví decididamente onettiano. Me hice feligrés de su credo literario, y devoré con placer sus trilogía de Santa María: ‘’La vida breve’’, ‘’El astillero’’ y ‘’Juntacadáveres’’. Leí también su primera novela, la mencionada ‘’El pozo’’, escrita en un fin de semana de rabia y frustración (cuando vivía en Buenos Aires) debido a una ley que existía en la época que prohibía la venta de cigarrillos los fines de semana.

Onetti, gran lector él mismo, entre otros del nortemericano William Faulkner, tenía dos obsesiones literarias: escribir buena literatura, afirmaba que el único compromiso que tiene un escritor es con su literatura y la historia que quiere contar; y desarrollar una nueva literatura que diera cuenta del espacio urbano en que ya se desenvolvía el Uruguay de los años 30 y 40, alejándose del criollismo y sus temas rurales que le resultan ajenos y extraños.

Esto ya se prefigura en ‘’El Pozo’’ de 1939. Especialmente la alternancia entre realidad y ficción, y como a veces la ficción tiene mayor potencia creadora que la misma realidad. Pero será en 1950, con la publicación de ‘’La vida breve’’ que termina por fundar la novela latinoamericana contemporánea, adelantándose en al menos 10 años a los autores del ‘’Boom’’.

Sin entrar en muchos detalles, en la novela se narra la vida de Juan María Brausen, un publicista a quien han encargado escribir un guión de cine. Cumpliendo éste encargo, es que crea la ficticia ciudad de Santa María y a su álter ego, el doctor Díaz Grey. Atrapado en una existencia gris, monótona, con una relación de pareja fracasada, el límite entre realidad y ficción se va diluyendo cada vez más, y así se inventa otra personalidad/personaje: el siniestro Arce.  

Lo revolucionario de esto, es que el personaje Brausen crea a la ciudad y a los otros personajes, como si fuese él mismo un narrador, o mejor aún, una especie de demiurgo. La ficción adquiere de esta forma una lógica y sentido propios. No son una simple copia o relato de la realidad.

Tal vez por esto es que, al igual que sus personajes, Onetti cultivó como escritor una épica de la derrota, del fracaso. Se presentó a varios concursos y premios literarios, en los que solía invariablemente llegar a la final, tan sólo para quedar en tercer o segundo lugar. Es conocida la anécdota del Premio Rómulo Gallegos: en 1967 habían quedado finalistas del mismo, ‘’La casa verde’’ de Vargas Llosa y ‘’Juntacadáveres’’ de Onetti. Ambas obras tienen un burdel como eje central del argumento. Luego de enterarse que la ganadora había sido la novela del escritor peruano, Onetti dijo: ‘’La diferencia es que en su prostíbulo había una orquesta’’.  

Muchos años después, parado frente a los reyes de España y lo más selecto de las letras castellanas, en ocasión de recibir el Premio Cervantes, un Onetti visiblemente emocionado decía: ‘’Es conveniente que se sepa que el Jurado del Premio Cervantes ha tenido, en esta ocasión, la quijotesca ocurrencia de otorgar esa gran distinción a alguien que desde su juventud estaba acostumbrado a ser un perdedor sistemático, a un permanente segundón (…) y que no tenía ninguna victoria en su palmarés’’.

Ahí estaba Onetti en carne viva con su pesimismo y sus derrotas a cuestas, pero por una vez, arropado por la ternura. Porque también puede haber ternura en el pesimismo y la negatividad.

Y eso también nos los enseñó este genial segundón.

Por: Rodrigo Tisnes . Gestor Cultural , Escritor

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