El Vigía

Polonia 451

‘’Un libro es un arma cargada en la casa de al lado’’ (Ray Bradbury. Farenheit 451)

En su  novela Farenheit 451, genial distopía, Ray Bradbury se imagina un mundo de gente feliz, o más que feliz, conformes, porque el gobierno se dedica a darles montones y montones de diversión. De esa forma los mantienen entretenidos y distraídos, repletos de datos triviales que causan la sensación de conocimiento, de que piensan.

Sin embargo, hay materias que están terminantemente prohibidas. No se enseña Sociología, ni Historia. Mucho menos Filosofía. Pero lo que resulta más aterrador de ese futuro, es que los bomberos en vez de apagar incendios, se dedican a quemar libros. Sí, el escritor se imagina un futuro donde leer está prohibido y tener libros es un delito.

La novela ha tenido diferentes interpretaciones, desde la forma en que perjudican los medios de comunicación masivos el interés por la lectura (un fenómeno incipiente a fines de los 50’cuando la escribió) hasta la preocupación por la ‘’caza de brujas’’ del macartismo en esos mismos años, y la más directa: los antecedentes de quema de libros por diversos gobiernos e instituciones autoritarias, el más famoso de todos, tal vez sea el llevado a cabo por la Alemania nazi en 1933, pero ejemplos históricos sobran. Lamentablemente.

Aunque en pleno Siglo XXI la quema o censura de libros nos parezca algo perimido, una conducta propia de sociedades más primitivas y/o fanatizadas, de vez en cuando surge alguna noticia que nos hace preguntarnos cuan errada estaba en realidad la novela de Bradbury.

Hace apenas unos meses, una librería porteña convocó a una quema de libros de la intelectual Beatriz Sarlo. ¿El motivo? La denuncia que Sarlo realizó sobre una supuesta invitación que habría recibido por parte de la esposa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, para vacunarse antes de que le llegara el turno correspondiente.

Luego, el responsable de la librería aclaró que se trató de una ironía hacia la intelectual. Una ironía por demás desafortunada en un país que vio como durante la última dictadura cívico-militar se censuraron y quemaron miles de libros, con un nivel de fervor que hubieran aplaudido los nazis.

El episodio más reciente es de hace unos días y nos llega de Polonia. En este país, gobernado actualmente por una coalición de derecha conservadora, la escritora Olga Tocarczuk, galardonada con el Nobel de Literatura en 2018, está siendo víctima de la intolerancia y el fanatismo de los leales al gobierno.

El ‘’problema’’ parece ser la opinión favorable de la escritora a la despenalización del aborto en su país y su reivindicación de los derechos los colectivos LGTBI, en el único país católico de toda Europa Oriental.

Pero lo que parece haber desatado la ira en contra de ella, es que en una reciente entrevista criticó la política del gobierno polaco respecto a los bielorrusos que manifestaban por la democracia en su país.

Los idiotas, otro adjetivo no cabe, han creído ver en esa crítica una comparación entre Polonia y Bielorrusia, país limítrofe que tiene un gobierno dictatorial. Son como Quijotes enloquecidos por leer tantas novelas de caballería, pero en este caso están enloquecidos y las leyeron mal. No entendieron nada.

Y por ello, enfurecidos, exaltados, como suele suceder en todos estos casos, iniciaron la campaña «devuélvele el libro a Olga’’. La Fundación Olga Tocarczuk ha difundido en estos días imágenes de libros de la escritora con páginas recortadas, dibujos obscenos (es fácil imaginarse el tenor, dada la falta de imaginación de estas piaras de imbéciles) y frases que intentan ser hirientes. Tal vez la mejor, la que demuestra la falta de inteligencia de estos indignados, es la que dice: ‘’ándate a Bielorrusia’’.

Tocarczuk y su Fundación se han tomado con humor todo este hecho. Han decidido subastar esos libros que les están llegando, y el dinero recaudado donarlo a instituciones que apoyan los derechos LGBTI.

Dicen que el sentido del humor es una señal muy clara de inteligencia. Tal vez uno de los gestos o capacidades que más nos separa de los animales es la de reírnos de la la realidad, de los otros, y –sobre todo- de nosotros mismos. No tengo dudas de la inteligencia de Tocarczuk. Ni de que la actitud que ha tomado es la mejor. Por un lado, porque no puede haber indignación que dure tanto tiempo, y segundo, porque sentirse agraviada por esta reacción, sería rebajarse a discutir con idiotas.

Lo que me preocupa, es que una y otra vez, los idiotas, vengan de donde vengan, se las tomen con los libros. Deberían, por una vez, probar leerlos en vez de quemarlos, mutilarlos o enchastrarlos.

Aunque tal vez sea mucho pedir a estos aspirantes a bomberos de libros.

Por: Rodrigo Tisnes Gestor Cultural, Escritor

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