El Vigía

Porqué este gobierno tiene alta popularidad y porqué su mensaje es exitoso

Hace unos días tuve que ir a una oficina pública a hacer un trámite que sí o sí debía hacerse presencialmente. En esos minutos, me tocó ver distintas cosas. En un momento vi a una señora de unos sesenta años más o menos, de voz baja, con un papelito en una mano y un bolso en la otra. Sus manos evidenciaban una vida de trabajo y su timidez hacía pensar que tenía más dudas que otra cosa. No es la señora lo que me llamó la atención sino la funcionaria que la atendió y los modos con qué lo hizo. La funcionaria, una mujer de unos cuarenta y cinco años, trabajadora del lugar, no sólo no le dio respuesta a los requerimientos amables de la señora sino que los modos dejaron mucho que desear. Fue notoria la falta de ganas y la falta de modales al dirigirse a esta señora humilde. La señora no levantó la voz en ningún momento y tras mirar el papel un par de veces, se fue con una resignación abrumadora. Mientras otro trabajador me atendía, miré hacia donde estaba esta funcionaria y logré ver que al costado de la computadora de su escritorio, estaba su termo y su mate. En su termo, algunos adhesivos, la mayoría con consignas de izquierda.
Alguien podrá decir, ¿Qué tiene que ver esto con el discurso del gobierno y sus éxitos?. Veamos.

Hay que advertir algo. Es casi imposible hacer sentencias generales de un caso bien particular, nadie puede concluir algo representativo del conjunto a partir de un solo episodio. Pero asimismo, cierto es que muchas veces estos pequeños hechos constituyen en sí mismos una fotografía de la que inferir hipótesis de mayor alcance. Dicho de otro modo, un caso en solitario no lo explica todo, pero algo quiere decir.-
Que el mensaje del Presidente y del gobierno es el de enfrentar “pobres contra pobres” no hay dudas. Pero, ¿no habrá algo de ese mensaje que resulta operativo para un número importante de orientales? ¿No será un mensaje con más adherentes de los que creemos? Un error que solemos cometer, y en la izquierda mucho más, es analizar la realidad a partir de mi situación particular, de mi contexto, de mi núcleo de personas. Muchas veces calificando a los que no “entienden” lo que pasa, como “idiotas”, “ignorantes”. Y eso siempre es una fotografía parcial, reducida del mundo real, que es el que se pretende transformar. Si nuestras acciones y reflexiones se mueven sólo en el mundo sectario de nuestra participación, pocas conclusiones más allá podremos extraer.
Cuando el mensaje del gobierno-en sus diferentes expresiones- dirige sus dardos al funcionariando público, al mismo Estado, a la organizaciones sociales y sindicales, es evidente que lo hace con un objetivo netamente ideológico, que busca en última instancia la atomización de los sectores populares o aún peor, busca la guerra de pobres contra pobres. Pero quiénes integramos los colectivos a los que este gobierno de derechas ataca una y otra vez de forma muy inteligente debemos hacer una autocrítica. No la autocrítica como flagelo o como asunción de las culpas que nos endilga la derecha, pero sí respecto de cómo vemos al resto de nuestros compañeros de clase desde el lugar dónde operamos diariamente.
Volviendo al ejemplo inicial, ¿es de una persona de izquierda-encima servidor público-tener esas actitudes en el trabajo con miembros de nuestro mismo pueblo? ¿Es “rebeldía” destratar a una pobre mujer que come de su salario, igual que nosotros? ¿Hay trabajadores más cerca de ser burócratas desalmados que de sentirse miembros de un pueblo?.
Cuando vemos cómo la sociedad aplaude medidas del gobierno que dirigen sus focos hacia los “privilegiados” funcionarios públicos, tal vez debiéramos ver porqué ese discurso es siempre felicitado desde sectores igualmente populares, trabajadores del comercio, del rubro privado, changadores, obreros de fábrica, etc. La abrumadora cantidad de personas que se están anotando al llamado del BROU evidencia que el Estado sigue siendo visto como una tabla de salvación.
Si los puentes entre los trabajadores públicos y privados muchas veces están rotos, ¿no tendrá esto que ver con la actitud meramente discursiva de muchos que se autodefinen de izquierda y con conciencia de clase, que en cuánto pueden destratan a otros trabajadores que van a dar a sus ventanillas en busca de soluciones? ¿Es posible una articulación amplia entre sectores populares que ni siquiera se reconocen entre sí? ¿No habrá en estas actitudes un riesgo a caer en el sectarismo estéril o el corporativismo ramplón? .
El discurso del gobierno es exitoso y su popularidad aún es alta, en parte, porque de forma inteligente han visualizado estas fisuras. Y muchas de estas fisuras ya se veían en los gobiernos frenteamplistas en donde más de una vez, los enemigos más férreos de los procesos de cambio de nuestros gobiernos de izquierda estaban en nuestra propia base social. Cuándo el Presidente dice que va a proteger a los que se “ganan el mango”, o pretende cobrar un impuesto nuevo a los “funcionarios públicos que ganan más”, o quiere “cortar el despilfarro”, o apaga un aire acondicionado en una oficina, le está hablando a esa señora que fue a la oficina en busca de una solución, una señora que probablemente no tenga el nivel educativo de la burócrata que la atendió y casi seguro que el salario de ésta triplique los ingresos de la mujer. Y no se trata de discutir el fondo, en el que estamos de acuerdo. Este gobierno no va a mejorar la vida de esa mujer ni la de nadie de los sectores populares, pero el mensaje llega a un terreno fértil en el que mucha responsabilidad está en nuestras acciones cotidianas como trabajadores, en dónde nuestro discurso y nuestra militancia a veces choca con nuestro desempeño ahí donde las cosas cuentan, que es en la acción, ya no entre pares, sino fundamentalmente con esos otros que también forman parte de nuestro pueblo.

Por: Mauro Mego

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