El Vigía

Relatos de Fideicomiso

Hace ya un buen tiempo, primero en Argentina y ahora acá, se ha popularizado el uso de la palabra ‘’relato’’ para referirse, en general despectivamente, a los argumentos formulados por quienes piensan distinto, quienes están en la vereda de enfrente.

Este uso está ligado al significado de ‘’relato’’ en el sentido narrativo, como una ficción. O sea, el dirigente o partido que hace un relato estaría intentando instalar como verdad algo que está alejado de la realidad. Una forma sutil de afirmar que se está mintiendo. De esta forma tenemos acusaciones de ‘’relatos’’ varios: acerca del pasado reciente, de la situación económica, de los datos estadísticos, del manejo de la pandemia, de la fiabilidad de las encuestas de opinión pública, etc.

El problema es que la palabra relato tiene dos significados, uno es el ya visto del relato como ficción. Pero el otro sentido es el de relato como un conocimiento que se expresa sobre un hecho, habitualmente en forma detallada. O sea, un relato puede ser tanto ficción como el testimonio fiel de un hecho que se conoce a fondo.

En general, más allá de estas definiciones formales, en nuestra vida cotidiana convivimos con relatos que son al mismo tiempo narración (y por tanto ficción) y conocimiento dado sobre un hecho. Toda la gesta artiguista es un gran relato, en parte ficticio y en parte factual. Nuestra fecha de ‘’independencia’’ tal vez sea el más elaborado y ficticio relato de todos.

Por otro lado, hay relatos de ficción que contienen relatos fácticos. En Cien años de soledad, García Márquez narra un hecho de la historia colombiana, la Masacre de las Bananeras, con un pulso y un oficio que la den más entidad de realidad que cualquier libro de Historia. Al hacerlo parte de la tragedia de Macondo, rescata la masacre real del pantano de la historia en que se hallaba sumergida.

En este mes que los ciudadanos hemos podido contemplar el debate, más bien pobre, generado en torno al proyecto de Fidecomiso, hemos podido escuchar una amplitud de relatos en los dos sentidos, con diversos porcentajes entre hecho y ficción.

El más grande de esos relatos, en el sentido ficcional de la palabra, es el que expresaba que no votar el Fideicomiso significaba oponerse al desarrollo del departamento de Rocha y a la generación de fuentes de trabajo. Sin entrar a considera el carácter polisémico de la palabra, es muy difícil no ya convencer a nadie, sino siquiera sentarse a negociar para acercar posiciones cuando se instala un relato tan absoluto. Porque lo que se decía era que de un lado estaba el ‘’desarrollo’’ y del otro el atraso, la pobreza, la miseria y el desempleo. Es la vieja lógica binaria que tanto conocemos: Bien-Mal, Verdad-Mentira, Luz-Oscuridad, Vida-Muerte.

Era casi una causa épica, una gesta heroica. Hubo ediles oficialistas que asumieron tan bien el papel, que lo creyeron tanto, que no parecía que estaban discutiendo un proyecto en un parlamento democrático; más bien parecían personajes de alguna tragedia griega enfrentando con arrojo y desdén al destino.

Por tanto, aunque al oficialismo le duela haber perdido éste, su primer proyecto ambicioso en la Junta, y una promesa de campaña electoral; quienes votaron en forma negativa al mismo no votaron en contra del desarrollo del departamento. Votaron en contra de un proyecto de Fideicomiso que no los convencía, que les generaba incertidumbres, y porque pueden creer honestamente, dentro de lo que es una sociedad plural, que hay otras vías posibles y más deseables para proyectar el desarrollo del departamento.

Y nadie, absolutamente nadie, debería sentirse ofendido ni dolido por ello. De hecho, nada impide que se pueda volver a presentar otro proyecto de Fideicomiso más adelante. Pero debería ser sobre bases más sólidas, con  mayor negociación y construcción política detrás.

Por supuesto que también hubo relato ficcional desde el Frente Amplio. El más evidente el que ligaba la deuda que significaba el Fideicomiso, con la situación de endeudamiento endémico que tenía la Intendencia de Rocha al asumir el primer gobierno frentista, allá por julio de 2005.

El Fideicomiso significa una deuda. No tengo dudas al respecto. Pero a diferencia de la deuda que existía en 2005, no significaba tomar una deuda ruinosa ni que pusiera en jaque los ingresos ni la capacidad financiera de la Intendencia, ni ahora, ni a futuros gobiernos departamentales (incluyendo la futura gestión Tisnés 2025) Es una herramienta de crédito bastante utilizada, que permite tomar deuda a montos y plazos manejables, para contar con un flujo de dinero importante.

Podría seguir repasando relatos usados en este mes, o que se cayeron en este mes: como aquel que se había pretendido instalar en la pasada campaña electoral sobre la situación financiera de la IDR, que ahora pasó a ser un manejo ‘’virtuoso’’ en los pasados 15 años.

Pero quiero reconocer a dos ediles, Germán Magalhaes del oficialismo, y Eduardo Veiga del Frente Amplio. Creo que de todos quienes hablaron (incluyendo algunos disparatarios que darían para un libro humorístico) ellos dos fueron quienes más intentaron levantar la mira, alejarse de ficciones y eslóganes vacíos, y darle otro marco a sus opiniones. Germán haciendo un relato, ordenado, estudiado del Fideicomiso y antecedentes en otros departamentos; y el Mondeja con el sentido común que da la vida, expresando algo que tiene la sabiduría de la sencillez: no había ninguna urgencia en tratar este tema, la gente común, la que no está tan politizada como nosotros (que leemos esto) tiene otras preocupaciones hoy en día: la pandemia, las clases de los hijos, mantener el trabajo o conseguirlo. El Fideicomiso, esa palabra rara, difícil, es algo lejano, abstracto, distante… inasible.

Y ahí, creo que estuvo uno de los errores de estrategia política más grandes del gobierno departamental. Estaban convencidos que la gente se iba a apropiar de otra forma de este proyecto. Que iba a presionar de otra forma a los ediles, especialmente en el Interior, para que lo aprobaran.

Y eso, como dijo el Mondeja, no sucedió, con el resultado de convertir al gobierno en víctima de su propio relato.

Por: Rodrigo Tisnes Gestor Cultural, Escritor.

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